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10 sept. 2016

Inmigrante Progreseño mutilado por el tren ‘La Bestia’ cuenta su trágica historia

A los 16 años emprendió el primer viaje. Fue deportado a Honduras por el departamento de migración mexicano. “La Bestia” no es solo un tren, son varios ferrocarriles que transportan carga pesada. Grandes mafias y carteles en México controlan los vagones llevando miles de indocumentados a Estados Unidos. Es una máquina asesina que silencia el dolor de sus víctimas, inclemente, demoledora. 

Hernández intentó de nuevo ese periplo, esta vez, tenía 17 años. Subió al vagón cuando el tren estaba en marcha en ciudad Hidalgo, frontera entre México y Guatemala, en junio de 2005. Ellos buscan lugares estratégicos donde aguardan escondidos, preparados para abordar debido a que los trenes tardan hasta cuatro días para salir. 

Permanecen quietos, pendientes del sonido que emite la máquina que engancha los vagones, en cuestión de segundos, todos suben desesperados, rápidamente, como si la muerte les persigue. “La Bestia”, se hace fuerte al recibir una avalancha humana, carne fresca para sus rieles. Cada año, más de 74 mil hondureños cabalgan sobre este animal mecánico que pesa más de 100 toneladas. 

Es un coloso de hierro. De cada 10 que cruzan la frontera solo uno logra entrar a Estados Unidos, el resto, son víctimas de mutilaciones, secuestros, extorsiones y muertes agónicas. Las autoridades mexicanas y los dueños de los trenes permiten que las personas suban teniendo conocimiento de las tragedias que han ocurrido durante más de 1 década .

Él quería ingresar a lo que llamó: “La tierra prometida”, éxodo que duró 20 días de sol, lluvia, hambre, cansancio, amargura y dolor. Buscaba oportunidades, soñaba con sacar de la pobreza a su familia, llevaba un morral repleto de ilusiones, quería superarse. La travesía fue desde: Hidalgo a Tapachula, luego, de Arriaga a Oaxaca, pasó por Lecherías en el municipio de Tultitlán, también recorrió Torreón en el estado Coahuila con destino: Ciudad Juárez.

El hambre y el sueño restaron sus fuerzas, estaba débil, caminaba sin ánimo por largos kilómetros para llegar a las estaciones, el intenso calor lo agotaba. Atravesó por montañas, al mismo tiempo que se escondía de las autoridades de migración.

Presenció asaltos, extorsiones, mutilaciones, confesó que jamás podrá olvidar el llanto y los gritos aterradores de una mujer mientras era violada por varios sujetos al mismo tiempo. El panorama era sumamente triste, madres alimentando a sus bebés recién nacidos, menores de edad arropándose con sábanas para evitar el sol, hermanos compartiendo una pequeña porción de pan. Era tangible la desesperanza de los tripulantes, el dolor se respiraba, todo era un calvario. 

José Luis Hernández, sintió la obligación y responsabilidad de no rendirse, mirar atrás no era una alternativa, pensar en su tierra lo llevaba al retraso, no quería preocuparse otra vez por el desempleo, la violencia, y la corrupción de aquel país agropecuario que lo vio nacer.

Los exiliados son presa fácil de los grupos criminales que operan en las estaciones ferroviarias, muchos de ellos, viajan como infiltrados para someter a la gente. Todos viven una tensión que parece no acabarse, es una ruleta rusa, no saben cuando pueden ser atacados, el hecho más común es la amenaza de muerte si se niegan a transportar droga. El techo de “La Bestia” es una necrópolis, un cementerio andante que desmorona las aspiraciones de miles de centroamericanos. 

La gente se organiza en el tren por grupos para protegerse de las mafias. En el recorrido se topan con grupos armados que no saben identificar, presumen que sean policías, narcotraficantes, o del Instituto Nacional de Migración. “Ellos llegan diciendo que les entreguemos todas nuestras pertenencias, y si les gusta una muchacha la secuestran, todo el que sube es como una oveja en medio de un montón de leones”, dice.

Estuvo a punto de llegar a la ciudad ‘Delicias’ en Chihuahua pero en un abrir y cerrar de ojos, el joven hondureño se desmayó, cayó del tren en pleno viaje. Estaba sentado donde se acoplan dos vagones, comenzó a desatarse los zapatos porque tenía los pies hinchados de tanto caminar. 

Cuando volvió en sí, el tren le estaba mutilando la pierna derecha sin misericordia, no sintió dolor de momento, intentó rescatar su pierna y las ruedas mutilaron su brazo derecho, y, haló con su mano izquierda lo que quedaba de su brazo y le fueron mutilados varios dedos de la mano. 

La escena era dantesca, sangrienta. Yacían en los rieles de “La Bestia” pedazos de su cuerpo, él no lo podía creer, pensó que era una pesadilla. “Uno lucha para no dormirse, para no caerse, pero el hambre y el cansancio te derrota, todo pasó muy rápido, el tren tiene una fuerza incomparable, me arrastró por varios metros, quedé casi muerto sobre la tierra”, expresó. 

“¡Dios siempre llega!”, exclama cada vez que le preguntan ¿Cómo lograste sobrevivir? Tirado en la arena, los rieles del tren fueron su almohada, miraba al cielo como aquel que espera encontrarse con Dios, la muerte merodeaba, era inevitable.

Él sabía que las probabilidades para vivir eran escasas, se echó a morir. Lloró amargamente, sintió que falló en su misión de progreso, sintió el dolor de haber defraudado a su familia. Un paramédico pasó por la zona, esas cosas nunca pasan por casualidad, definitivamente, alguien allá arriba quería que él siguiera viviendo. 

Este buen samaritano lo llevó al hospital. “Todos los que son mutilados por el tren, caen en zonas desoladas, corrí con la suerte de caer en una ciudad, sólo Dios hace cosas como esta”, relata.

Pasó dos años internado en diferentes hospitales de México. Se negaba a retornar a su país. Ante la insistencia de sus padres regresó a Honduras. Fue recibido con el abrazo de toda la familia. Entró a su habitación y rompió en llanto tras ver la guitarra que solía tocar de niño, en ese momento, rememoró la pesadilla, el estruendo de “La Bestia” aturdió sus pensamientos, sintió la misma brisa helada que por las noches atormentó su descanso. Encaró la misma miseria que dejó. “Lloré tanto que se me secó el alma”. 

Al terminar la conversación resuelve que el sueño americano no existe. Sostiene que si pudiera regresar el tiempo, preferiría estar en su casa comiendo frijoles con arroz, tranquilo y en paz. “Creí que la tierra prometida era Norteamérica y terminó siendo mi propio país, Honduras”, narró. 

“Es imposible que la gente deje de emigrar, pero lo que sí es posible es evitar más muertes, más mutilados, más violaciones, más secuestros”.



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